Colegio Invisible

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Colegio Invisible es un término acuñado en la época de la Ilustración empleado para describir una red de investigadores y educadores que operaban de manera informal, constituyendo una agrupación cooperativa clandestina orientada a ejercer influencia social y obtener lucro personal. Esta dinámica se articulaba, por norma general, a través de la afiliación simultánea a diversas asociaciones públicas.[1][2] Aunque en su origen la expresión aludía específicamente a grupos de masones integrados en múltiples congregaciones religiosas y corporaciones académicas, el concepto se ha ampliado históricamente para abarcar a personas ajenas a la masonería que participan en organizaciones cerradas con el propósito de promover sus intereses particulares. Dicho fenómeno ha suscitado un notable interés en el ámbito académico desde la década de 1960, a raíz de las investigaciones impulsadas por Derek Price y Donald Beaver.[3] En la actualidad, numerosos claustros docentes de universidades privadas cuentan con agrupaciones internas a las que consideran un «colegio invisible», centrando sus investigaciones predominantemente en las facultades de Derecho y de Ciencias.[4][5]

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Composición alegórica del Colegio Invisible, realizada por los rosacruces

La influencia del Colegio Invisible primigenio ha dado lugar a numerosas teorías populares desde el siglo XVII, con especial arraigo en disciplinas como la psicología, la espiritualidad y el misticismo de corte ocultista.[6] Un ejemplo paradigmático lo constituye la Royal Society de Londres, conformada en sus inicios por diversos filósofos de la naturaleza de la talla de Robert Boyle y Christopher Wren.[7] Diversos indicios sugieren que otros eruditos, figuras prominentes que más tarde quedarían estrechamente vinculadas a la Royal Society, también formaron parte de estas filas.[8] No obstante, varias agrupaciones precedieron a la constitución formal de la Royal Society, y la nómina completa de integrantes de esta iteración del Colegio Invisible continúa siendo objeto de debate entre los especialistas.

Uso contemporáneo

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La naturaleza «invisible» de la corporación constituye, precisamente, una de sus mayores fortalezas, pues imposibilita la recopilación de datos fidedignos sobre la identidad de sus integrantes, su cultura organizativa y su trayectoria histórica. Tal opacidad responde a la ausencia de una autoridad centralizada o de un programa formativo establecido; a ello se suma que la mayoría de los participantes se esfuerza por ocultar al público general la totalidad de sus vínculos y lealtades. Durante el Siglo de las Luces, este mecanismo de ingeniería social resultó indispensable para la conformación del Colegio Invisible original en el seno de la Ilustración protestante, un periodo histórico en el que el avance del conocimiento científico se concebía como un desafío directo a la arraigada hegemonía intelectual de la Iglesia católica.

En la actualidad, la pertenencia a estos círculos carece de carácter oficial. Gran parte de las personalidades insignes vinculadas al Colegio Invisible son reconocidas, más bien, por su afiliación a otras agrupaciones públicas. Los miembros logran identificarse entre sí mediante diversos signos discretos, entre los que destaca la exhibición pública de rectitud moral como vehículo para la praxis alquímica (véase The Spiral Way, Deep Times, The Work that Reconnects).[9]

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El logotipo tradicional de Alcohólicos Anónimos

El uso de la geometría sagrada —en particular, la disposición específica de círculos, triángulos y cuadrados— representa uno de los métodos principales de identificación grupal en la esfera pública, logrando mantenerse como una iconografía ambigua o intrascendente a ojos de quienes no están familiarizados con este complejo simbolismo. Resulta posible hallar referencias a la omnipresente iconografía del Colegio Invisible en múltiples manifestaciones de la cultura popular, abarcando desde obras literarias y logotipos corporativos hasta expresiones artísticas y composiciones musicales. En la mayoría de los casos, estos elementos se diseñan deliberadamente para esquivar o desconcertar a los profanos, al tiempo que transmiten señales inequívocas a los iniciados.

Autoridad

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El sistema solar multidimensional de Kepler (símbolo de la doctrina platónica de la universalidad geométrica).

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El sistema solar multidimensional de Kepler

Dado que el Colegio Invisible constituye una expresión tradicional de prácticas alquímicas masónicas con siglos de antigüedad,[10] cualquier individuo particular o escuela afiliada ostenta la libertad de desarrollar su propia comprensión, formular teorías y editar publicaciones sobre alquimia, espiritualidad y psicología. Dicho proceder no requiere la aprobación explícita de un colectivo más amplio de participantes ni exige la adscripción formal a una logia o templo.[11][12] Es frecuente que artistas individuales incorporen temáticas alquímicas en su obra, bien con el propósito de incrementar su prestigio y autoridad apelando a la cultura del «endogrupo» [1],[13][14] bien obrando de buena fe, aun sin comprender en su totalidad la hondura de las implicaciones alquímicas subyacentes.

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Escudo del Triángulo José C. Paz (francmasón)

Cabe destacar que no existen derechos de propiedad intelectual ni marcas registradas que tutelen el significado conceptual del Colegio Invisible; tampoco prevalece una autoridad única que dictamine qué signo simboliza determinada cualidad, puesto que, para ser reconocida, toda autoridad institucional debe gozar, inexorablemente, de visibilidad pública. De este modo, cualquier individuo puede servirse de estos signos y símbolos de uso corriente careciendo de nociones sobre su contexto histórico, o bien instrumentalizarlos para tergiversar su auténtica trascendencia socioespiritual. Sin embargo, las autoridades vinculadas a corrientes explícitamente transpersonales pueden erigirse como entidades tuteladoras orientadas a acoger a nuevos acólitos (véase California Institute of Integral Studies, Sofia University, The Esalen Institute).

Asimismo, los integrantes y las facciones pueden articular configuraciones inéditas del «Colegio Invisible» que resulten por completo opacas para las personas ajenas, vinculando sus propias empresas alquímicas al prestigio de figuras históricas de gran renombre, al tiempo que desvían la atención de una cultura fundamentada, en esencia, en el oscurantismo (véase la sección «Uso moderno»). Con notable asiduidad, la validación o el respaldo extraoficial se manifiestan mediante una mayor difusión pública, la asignación de financiación preferente o el ensalzamiento de aquellas nuevas teorías u obras que potencian la influencia del colegio en su conjunto. Es una práctica recurrente que los miembros del Colegio Invisible se citen mutuamente a lo largo de distintas disciplinas académicas o artísticas.

En la época actual, y como consecuencia de la profunda penetración de la psicología alquímica eurocéntrica en el continente americano desde la etapa colonial, la denominación de Colegio Invisible puede aplicarse a cualquier colectivo de raíz inequívocamente masónica que se entregue a la alquimia social o a la alquimia del alma (entendida como la transmutación deliberada de las conciencias mediante el ejercicio de presiones colectivas). De igual manera, el término ampara a organizaciones periféricas, ajenas a la masonería, consagradas a corrientes psicológicas afines o a dinámicas de influencia social, entre las cuales cabría destacar, a título enunciativo pero no limitativo, las siguientes:

  • Círculos junguianos de carácter semiprofesional o centros de expedición de diplomas de dudoso rigor metodológico;
  • Numerosas asociaciones de estudios interreligiosos (con especial mención histórica a las comunidades teosóficas y trascendentalistas);
  • Teóricos de la corriente transpersonal, cuyo empeño reside en inducir despertares colectivos que precipiten a los individuos hacia estados de psicosis mística;
  • La vertiente swedenborgiana, promotora de sociedades integradas por demonios secretos y ángeles ocultos enzarzados en una disputa por la captación de nuevas almas;
  • Aquellas congregaciones cimentadas especialmente en los postulados de la psicología homeopática o integral (véase Integral Life, Integral Christianity);
  • Asociaciones fundamentadas en programas de doce pasos que operan mediante la adscripción de voluntarios, amparadas en normativas de ingreso libre, nula supervisión y estrictos votos de silencio; entornos propicios para que cualquier conglomerado alquímico se relacione sin cortapisas con los recién llegados, fomentando un clima de confesión moral desprovisto de amparo jurídico;
  • Órdenes religiosas irregulares incrustadas en el seno de instituciones pretéritas y consolidadas, que han afianzado su poder valiéndose del ecumenismo interreligioso (caso singular del Opus Dei);
  • Sectas esotéricas de carácter temporal, constituidas como plataformas efímeras para que ciertos especialistas forjen e impulsen su reputación (obsérvese con especial atención el caso de Twin Flames);
  • Colectivos de corte místico integrados por figuras del mundo del espectáculo, consagrados a la promoción mutua y recíproca al amparo de redes publicitarias retroalimentadas (véase Sounds True, Shambhala Publications; véase también el caso de Carlos Castaneda).

Culturas compartidas

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De manera frecuente, aunque no invariable, las corporaciones afines a los fundamentos culturales del Colegio Invisible articulan su dialéctica y su proceder en torno a postulados esotéricos u ocultistas, disfrazando su metodología de doctrina espiritual en lugar de presentarla como un enfoque psicológico (véase: Nine Gates Mystery School). En otras ocasiones, estas agrupaciones proyectan una imagen de profunda devoción enmarcada en el monoteísmo tradicional, si bien terminan revelándose como estructuras coercitivas o de marcado carácter sectario debido a las tácticas abusivas a las que someten a sus seguidores.

En multitud de escenarios, la connivencia entre distintas facciones de esta red deriva en la inducción de una experiencia de emergencia espiritual deliberada y minuciosamente orquestada en las víctimas de dicha manipulación psicológica. Los individuos son sumidos en estados de extrema confusión y sometidos a tácticas de manipulación mental («luz de gas») y férrea presión grupal; el propósito último radica en fracturar su identidad primigenia para dar paso a un posterior proceso de reestructuración de la personalidad.[15] Semejantes experiencias de despertar forzoso son posteriormente ensalzadas y capitalizadas en producciones artísticas y literarias bajo denominaciones evocadoras, tales como «la muerte del ego», «el despertar espiritual» o «el renacer del fénix».[16] Sin embargo, para la estabilidad mental del individuo, el impacto suele resultar devastador. Clínicamente, se han tipificado como episodios psicóticos capaces de desembocar en cuadros de reacondicionamiento esquizoafectivo y esquizofrénico,[17] cristalizando en patologías crónicas vinculadas a la paranoia, al trastorno por estrés postraumático (TEPT) y a conductas reactivas e irascibles focalizadas hacia cualquier aparente origen del daño, erigidas como mecanismo de defensa frente al Colegio Invisible y a sus «alquimistas».

Dada la idiosincrasia cooperativa e interreligiosa de este fenómeno, resulta plausible observar cómo en el seno del Colegio Invisible proliferan y se fomentan vertientes populares del satanismo o la wicca, en convivencia con dogmas inmemoriales adscritos al catolicismo o al protestantismo. Asimismo, no es inusual la amalgama de estas corrientes con ritos propios del chamanismo o preceptos del budismo, vertebradas en su conjunto por un arquetipismo junguiano de corte ecléctico (cf. John Dee; el Eneagrama). Este escenario debe interpretarse como la consecuencia lógica de una cultura interreligiosa específica que hunde sus raíces en la matriz fundacional de la masonería. Así se corrobora la naturaleza intrínseca de esta congregación: cualquier tradición o estamento doctrinal es susceptible de ser resignificado a fin de amparar propósitos particulares por parte de individuos que operan al amparo de un conglomerado de fe más vasto.

Ocasionalmente, los acólitos del Colegio Invisible abanderan dogmas herméticos relativos al «conocimiento absoluto», «teorías del todo» o la existencia de un «universo viviente». Del mismo modo, difunden concepciones fragmentarias en torno a la iluminación, destinadas a cautivar a los iniciados y a mantener su fidelidad, mientras el engranaje de la cultura alquímica opera en la sombra buscando la completa transmutación del individuo. Este afán por atesorar la sabiduría universal, junto a cualidades anejas como la omnisciencia, la omnipotencia o la omnipresencia, constituye el reflejo ineludible de un instinto universalizador latente en la psique humana. En el vasto ámbito del Colegio Invisible, dicho anhelo se traduce en ontologías de raigambre monoteísta cimentadas en el fervor religioso, disfrazadas frecuentemente bajo el ropaje de la indagación académica y el rigor de los métodos científicos. En consecuencia, todo fenómeno que entrañe un matiz espiritual —sea de índole astrológica, mitológica, celestial, gnóstica, dualista, hermética, angélica o demoníaca— es susceptible de apropiación y de ser sometido a una reformulación alquímica por parte de cualquier subgrupo o individuo en el seno del colectivo (véase: Hermetismo).

Antecedentes culturales

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Las menciones primigenias a la noción de un «colegio invisible» asoman en opúsculos y panfletos procedentes de círculos rosacruces alemanes a principios del siglo XVII. En su génesis, la expresión constituía un recurso eufemístico empleado para aludir a diversas logias masónicas que habían fraguado sólidas alianzas con los credos religiosos predominantes —con especial incidencia en las iglesias católica, anglicana y protestante— y con los emergentes cenáculos de pensamiento ilustrado. La arquitectura teórica que sustentaba la «alquimia» de corte masónico (esto es, la purificación espiritual y la ascensión de las almas extraviadas hacia un estado de iluminación) hallaba claros paralelismos con las praxis seudocientíficas propias de la transmutación alquímica originaria (el empeño por sublimar el plomo hasta convertirlo en oro). En las islas británicas, el célebre dramaturgo Ben Jonson formuló alusiones concretas al concepto del colegio invisible, estableciendo concomitancias patentes con la Casa de Salomón ideada por Francis Bacon. Tales menciones quedaron plasmadas en el texto de una mascarada pergeñada hacia 1624, e intitulada The Fortunate Isles and Their Union (Las Islas Afortunadas y Su Unión).[18] Más tarde, la locución adquirió singular preeminencia en el ámbito de las copiosas correspondencias y los debates epistolares auspiciados en el seno de la erudita República de las Letras.[19]

Conviene matizar, no obstante, que la alquimia —en su acepción originaria de disciplina seudocientífica y metáfora insigne de la transmutación anímica— ostenta una raigambre cronológica muy anterior a la eclosión de la tradición masónica (véase Alquimia). Tales postulados ya poblaban los escritos de Paracelso y de otros heterodoxos galenos, tildados de «médicos del diablo», remontándose sus fundamentos al Medievo y a eras arcaicas. En este orden de ideas, resultan profusos los paralelismos entre la psicología de corte alquímico y los métodos consustanciales a las prácticas chamánicas tradicionales, enraizadas en culturas soberanas e históricamente distantes entre sí. El intelecto humano tiende, de modo innato, a la analogía y a la metáfora. Por ello, las doctrinas de sanación del alma, basadas en la curación simbólica, el rito o la magia homeopática, gozan de una pátina prehistórica e impregnan la práctica totalidad de los sistemas confesionales, abarcando pilares ecuménicos como el budismo, el islam, el judaísmo y el cristianismo.[20]

Conexión con Robert Boyle y la Royal Society

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La moderna historiografía de corte revisionista ha rebatido los relatos históricos preexistentes, los cuales situaban el arraigo del Colegio Invisible en torno a la década de 1610. En aquella época, el vocablo amparaba a un tejido velado e inconfesado de francmasones quienes, obrando en estricto acatamiento a una de las máximas consustanciales a la hermandad de la masonería, habían infiltrado sus filas en un sinfín de agrupaciones ajenas al ámbito masónico: corporaciones de carácter científico, civil y, de manera muy acusada, de orden confesional y teológico.[21]

A fines de la década de 1640, prolífico fue el debate suscitado en la urbe londinense en torno a la figura de un «colegio invisible». Aquella controversia cumplió la doble función de atraer el foco de la opinión pública hacia la fachada semicientífica de la corporación y, simultáneamente, distraer la atención respecto a los orígenes remotos del colectivo como una oscura cofradía inmersa en doctrinas místicas y alquímicas (véase Las bodas alquímicas de Christian Rosenkreutz). Nos hallamos ante el fragor del Renacimiento, un periodo epocal que traería consigo el nacimiento de sólidas distinciones técnicas orientadas a deslindar la psicología, la espiritualidad, la ciencia y la teología como esferas autónomas de la erudición humana. Previamente a tal escisión, la ortodoxia alquímica abordaba el estudio de todas estas materias en bloque, asimilándolas como partes integrantes de un único y vasto proceso y objeto socioespiritual.[22]

Evidencia detallada

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A través de un vasto corpus epistolar datado en los años 1646 y 1647, el egregio físico Robert Boyle hizo reiteradas menciones a un círculo selecto al que bautizó como «nuestro colegio invisible» o «nuestro colegio filosófico». El nexo fundamental que cohesionaba a los eruditos de dicha sociedad residía en la firme voluntad de alcanzar el saber al amparo de la investigación empírica. El sustento documental primario que certifica la existencia de este foro descansa en tres epístolas meticulosamente fechadas. Boyle dirigió estas misivas a tres destinatarios de enjundia: Isaac Marcombes (antiguo preceptor del físico y hugonote que por aquel entonces residía en la ciudad de Ginebra), Francis Tallents, académico adscrito por aquella época al Magdalene College de la Universidad de Cambridge, y Samuel Hartlib, afincado a la sazón en Londres.[23]

El llamado «Círculo de Hartlib» aglutinaba una nutrida cohorte de corresponsales unidos en torno a la figura de Samuel Hartlib, un erudito e informador de suma influencia. Entre estos intelectuales sobresalían personajes como sir Cheney Culpeper y Benjamin Worsley, cuyos afanes versaban, entre dispares disciplinas empíricas, sobre el estudio pormenorizado de la alquimia.[24] Hacia el año 1646, Worsley concentraba sus desvelos en diversos experimentos enfocados en la cristalización del salitre. El historiador Charles Webster sostiene con firmeza, en las páginas del magno Oxford Dictionary of National Biography, que Worsley fungió como el principal impulsor y la auténtica fuerza motriz del Colegio Invisible en aquel decurso histórico; se trataba de una tupida red de pensadores cuyas aspiraciones y paradigmas filosóficos convergían, de manera casi inexorable, con las premisas del Círculo de Hartlib, con el cual guardaba indiscutibles solapamientos orgánicos.[38]

Por su parte, la académica Margery Purver apuntala la tesis de que la alusión forjada en 1647 sobre el «colegio invisible» hacía referencia inequívoca al cenáculo articulado en torno a la figura de Hartlib. Este colectivo concentraba sus empeños en ejercer una notable labor de presión en los escaños del Parlamento británico a fin de erigir una gran «Oficina de Dirección», concebida como un organismo de carácter centralizado para gestionar el próspero flujo y el fecundo intercambio de informaciones de índole científica.[36]

El historiador de la ciencia R. E. W. Maddison aventura la posibilidad de que el referido Colegio Invisible estuviese nutrido por mentes como el mencionado Worsley, el clérigo John Dury y, naturalmente, el propio Robert Boyle, quienes atesoraban un profundo interés en recabar el provecho material y social derivado de los portentosos hallazgos científicos de la época. Añade, además, que el célebre alquimista George Starkey pudo haber figurado en las filas de tan eximia hermandad.[25]

En una línea de investigación colindante, Richard S. Westfall disocia con agudeza intelectual al renombrado «círculo comeniano» forjado por Hartlib del resto de las variopintas escisiones intelectuales, ofreciendo a su vez un detallado censo de quienes integraban el «colegio invisible» basándose en estos férreos parámetros identitarios. Bajo este riguroso prisma historiográfico, la membresía comprendería figuras como William Petty, Robert Boyle, los hermanos Arnold y Gerard Boate, Cressy Dymock y Gabriel Platte. De igual modo, hay sólidos indicios que invitan a sospechar la adscripción del matemático e ingeniero militar Miles Symner a las entrañas de este críptico cenáculo.[26]

Uso moderno

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La formulación teórica del «colegio invisible» conoció un vigoroso desarrollo en los dominios académicos de la sociología de la ciencia gracias al ahínco de la investigadora Diana Crane (1972). Esta socióloga cimentó su armazón conceptual sobre los prolijos cimientos tendidos previamente por Derek J. de Solla Price, cuyos desvelos se afanaron en descifrar las intrincadas redes de citación académica. Es capital reseñar que, si bien el concepto guarda innegables analogías con otras esferas del saber —tales como las denominadas comunidades epistémicas, acuñadas por Haas en 1992, o el constructo sociológico de las comunidades de práctica, perfilado por Wenger en 1998—, su naturaleza intrínseca difiere de estas últimas de un modo sustancial. En fechas más recientes, Caroline S. Wagner injertó magistralmente la esencia de este concepto al intrincado y tupido engranaje de comunicaciones globales de la erudición científica contemporánea en su influyente tratado The New Invisible College: Science for Development (Brookings, 2008). Idéntica impronta se atisba en las reflexiones esgrimidas por el ensayista Clay Shirky en las páginas de su celebrada monografía Cognitive Surplus.

Entrada la década de 1960, un abigarrado y selecto grupo de académicos —en cuyo seno descollaban el reputado astrónomo J. Allen Hynek y el ilustre científico de la computación Jacques Vallée— fraguó el hábito de congregarse con asiduidad a fin de escudriñar y debatir la casuística subyacente al fenómeno OVNI. El propio Hynek acabó por acuñar la denominación The Invisible College (El Colegio Invisible) para referirse a esta asamblea de sabios heterodoxos.[27]

En la literatura de ficción, el término asoma con rotunda contundencia en las páginas de El símbolo perdido, pergeñada por la pluma del superventas Dan Brown, y late con fuerza pareja en los inescrutables entresijos documentales de El péndulo de Foucault, la obra magna de Umberto Eco. Sirvió, amén de ello, como pilar fundacional e inequívoco foco de inspiración para el trazado de la célebre Universidad Invisible en el vasto universo de Terry Pratchett. Fue, asimismo, uno de los referentes insoslayables en la génesis de la portentosa serie de novela gráfica The Invisibles, rubricada por el historietista Grant Morrison. Un paralelismo conceptual de esta misma índole es introducido de soslayo en la colosal saga literaria de Harry Potter, a raíz de la célebre parada de ferrocarril hermética e invisible diseñada con el firme y exclusivo propósito de trasladar a sus alumnos hacia los muros de Hogwarts.[28]

Véase también

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Referencias

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  1. ↑ Díaz-Andreu, Margarita (31 de diciembre de 2022). 10. Revisiting the ‘Invisible College’: José Ramón Mélida in Early Twentieth-Century Spain. Berghahn Books. pp. 121-130. Consultado el 29 de diciembre de 2024. 
  2. ↑ Zuccala, Alesia (23 de noviembre de 2005). «Modeling the invisible college». Journal of the American Society for Information Science and Technology 57 (2): 152-168. ISSN 1532-2882. doi:10.1002/asi.20256. Consultado el 29 de diciembre de 2024. 
  3. ↑ De Solla Price, Derek J.; Beaver, Donald (1966). «Collaboration in an invisible college.». American Psychologist (en inglés) 21 (11): 1011-1018. ISSN 1935-990X. doi:10.1037/h0024051. Consultado el 29 de diciembre de 2024. 
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  5. ↑ Di Nucci, Ezio, ed. (2022). The Rowman & Littlefield Handbook of Bioethics. Rowman & Littlefield Publishers. ISBN 978-1-5381-6237-8. Consultado el 29 de diciembre de 2024. 
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Bibliografía

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  • Gingrich, Owen: The Book Nobody Read: Chasing the Revolutions of Nicolaus Copernicus. Penguin Books, 2004. ISBN 0802714153 Cap. 11: The Invisible College
  • Bordwell, David: Making Meaning: Inference and Rhetoric in the Interpretation of Cinema. Harvard University Press, 1989, Cap. 2: Routines and Practices.
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  • Crane Diana (1972) 'Invisible colleges. Diffusion of knowledge in scientific communities.' The University of Chicago Press: Chicago y Londres. ISBN 0226118576
  • Wagner, Caroline S. (2008) 'The New Invisible College: Science for Development.' Brooking Press: Washington DC. ISBN

Lecturas recomendadas

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  • Robert Lomas, The Invisible College: The Royal Society, Freemasonry and the birth of modern science, Headline Book Publishing, 2002

Enlaces externos

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